Diario de Covid-19 / día 10: «Lo que he aprendido»

«He aprendido que, cuando esto pase, el mundo no puede ser como era. Esto debe haber sido ser suficiente para que, a partir de ahora, seamos mejores»

De joven, tenía en mi habitación una postal con un pensamiento de Tagore que vi en algún sitio y me gusto tanto que la compré: «No llores porque el sol se oculta, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas». Sí, ya sé que es una frase para adolescentes impresionables como toda esa pseudoliteratura de autoayuda, pero mi página de ayer de este diario del enclaustramiento destilaba un poso de amargura y un ramalazo de desesperanza que no me puedo permitir. Que no nos podemos permitir. Porque en esta aventura, vamos todos de la mano.

Lo que he aprendido es que hay muchas personas -unos amigos o familiares míos, otros lectores anónimos que no tengo el gusto de conocer- que siguen estos renglones como si fueran líneas de vida, un hilo que nos va atando los unos a los otros como esas cordadas de alpinistas anudados para que ninguno se caiga. He aprendido que en esta montaña rusa de emociones compartidas, unos días nos toca llorar y otros, reír. Estamos obligados a sonreír a la vista de todos, pero no tenemos derecho a llorar en público. Lo que he aprendido es que las lágrimas, tan purificadoras cuando son de compunción, nos nublan la vista y nos impiden ver a lo lejos.

Las estrellas están ahí arriba, basta enjugarse el llanto, levantar la vista y contemplarlas. Yo las he visto salir hoy domingo. No en el firmamento, sino asomadas a un balcón a no más de treinta pasos en línea recta desde mi casa. Estaba delgado al cabo de doce días hospitalizado y llevaba mascarilla, perfectamente reconocible a pesar de las sombras de la anochecida. Y a las ocho, cuando los aplausos, batía palmas. ¡Pablo había vuelto a casa! En el hospital Macarena le habían dado el alta esta misma tarde y, emocionado, con lágrimas en los ojos, salió al balcón a dar las gracias por los desvelos de todo el personal hasta que ha remitido la infección. Gracias a Dios.

Nuestras ovaciones son de agradecimiento en abstracto, de forma genérica a los sanitarios, pero las suyas tenían nombre y apellidos: desde los doctores Rodríguez-Baño y Salamanca que han estado a la cabeza de la compañía que ha peleado su curación hasta las limpiadoras Lola y Loli que le daban palique en los días de duro aislamiento en la UCI. Pablo aplaudía por todos ellos, sus ángeles de la guarda. Y en la ventana de casa, mis tres mujeres lloraban emocionadas. ¡Como para no estarlo!

Su mujer, Yolanda, que ya se ha asomado otro día a este palimpsesto que vamos componiendo entre todos, me hizo llegar un escrito cuyo título me he apropiado para así homenajear a una heroína que paró el contagio con sus propias manos al principio de todo, hace más de quince días, cuando nadie quería malgastar un test en confirmar la infección. Que se encerró con su hija con un coraje admirable y que evitó que el virus dejara su implacable estela por el colegio, entre los vecinos, en el barrio… Esa valiente que aisló en casa a su marido se merece que yo me calle para que oigamos su voz:

«He aprendido lo frágil que es el hombre creyéndose todopoderoso cuando un bichito invisible ha llegado con la fuerza de un tsunami destructor y amenaza con arrasar, no solo la economía de los pueblos, sino la salud, que es lo que verdaderamente importa.

He aprendido que hay gente buena, buenísima, que se pone al servicio del que lo necesita de forma incondicional y de corazón y hay otros que se escabullen y se escurren, se hacen invisibles o hacen como que no se han enterado para no verse en el compromiso de tener que ayudarte.

He aprendido lo importante que es volver a cultivar valores como la solidaridad, la fraternidad, la generosidad, la confianza, la gratitud, la caridad, la paciencia, la fe

He aprendido la necesidad inmensa que tenemos de la Misericordia de Dios. He aprendido el valor inigualable de las personas que se dedican a cuidar de los demás: sanitarios, funcionarios públicos y todos los que trabajan en servicios que son esenciales para todos…

He aprendido que la incompetencia de algunos ha llevado a todo un pueblo al precipicio. He aprendido que, cuando esto pase, el mundo no puede ser como era. Esto debe haber sido suficiente para que, a partir de ahora, seamos mejores en todos los sentidos«.

Por fin, buenas noticias. Excelentes. Reconozco que la página del diario del día anterior es la que más comentarios suscitó. Hubo, y lo asumo, quien me recriminó haber usado el título para contradecirlo en el texto. Y quien vio más allá.

Gonzalo me dijo: «Discrepo, sí has traído una Buena Nueva: Dios te ama a ti y de una forma infinita. ¿Te parece poca buena noticia?«. Silvia, agradecida, escribió: »Nos basta que rompas con tus palabras el hielo del miedo que nos bloquea«. María José apuntó: »Yo sí tengo una buena noticia: la familia está más unida que nunca«. Y Ana repuso: »¡La buena noticia del día! Hoy es domingo y la santa misa llegará a muchos hogares, las familias se reunirán a rezar en el salón de su casa, ¡alegrémonos!«.

Tenemos motivos para alegrarnos. Incluso en plena Cuaresma, en plena cuarentena. Por algo ha sido domingo de Laetare: domingo de la Alegría. Que las lágrimas no te dejen sin ver las estrellas, sin sentir la alegría de tener a los que se curan de vuelta aún en medio de la pena.

Se acabó la jornada. Ya saben lo que les voy a decir: «Tengan cuidado ahí fuera».

 

Fuente: sevilla.abc.es

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